jueves, 14 de enero de 2021

 

 

PARKINSON-SÍNTOMAS MOTORES

 



Cuentos Psicoterapéuticos 2

Dependencia Emocional 

"Cuando en una relación te das cuenta que, pudiéndote evitar un poco de sufrimiento, el otro no lo hace, es porque todo ha terminado".


 


Jorge Bucay
"La princesa busca marido"

jueves, 7 de enero de 2021






CUENTOS PSICOTERAPÉUTICOS 

Iniciamos hoy una nueva sección denominada "Cuentos Psicoterapéuticos".

Contar historias ("storytelling") hace conectar los pensamientos (cogniciones) con los sentimientos de las personas.

Las historias producen emociones y como decía Maya Angelou «La gente olvidará qué les dijiste pero nunca lo que les hiciste sentir»



—No puedo —le dije—. ¡No puedo!

—¿Seguro? —me preguntó él.

—Sí, nada me gustaría más que poder sentarme frente a ella y decirle lo que siento… Pero sé que no puedo.

El gordo se sentó a lo buda en aquellos horribles azules de su consultorio. Sonrió, me miró a los ojos y, bajando la voz como hacía cada vez que quería ser escuchado atentamente, me dijo:

—Déjame que te cuente…

Y sin esperar mi aprobación Jorge empezó a contar.

Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. 

Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales…

Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.

El misterio sigue pareciéndome evidente.

¿Qué lo sujeta entonces?

¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores.

Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. 

Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.

Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?”.

No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.

Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:

El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca.  

Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.

Imaginé que se dormía agitado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro… 

Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.

Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.

Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.

Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza.

—Así es, Demián. Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad.

Vivimos pensando que “no podemos” hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo conseguimos.

Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este

mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré.

Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.

Cuando, a veces, sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos:

No puedo y nunca podré

Jorge hizo una larga pausa. Luego se acercó, se sentó en el suelo frente a mí y siguió:

—Esto es lo que te pasa, Demi. Vives condicionado por el recuerdo de un Demián que no existe, que no pudo.

Tu única manera de saber si puedes conseguirlo es intentarlo de nuevo, poniendo en ello todo tu corazón… ¡Todo tu corazón!


Jorge Bucay  (Déjame que te cuente…)

Barcelona, RBA Libros, 2006


lunes, 30 de noviembre de 2020

 

 

¿Por qué nunca tengo tiempo? (FRANCESC MIRALLES)

 

Ilustración: Juárez Casanova

 

 

 

 

 

 

 

 

Da igual los planes que hagamos para organizarnos mejor. Al final del día sentimos que nos falta tiempo para todo. Incluso durante el confinamiento, muchos creíamos tener una generosa provisión de horas, pero la jornada seguía esfumándose. ¿A qué se debe esta escasez endémica de horas que al final cuesta la vida?

Para quienes ejercen su profesión desde casa, bien porque ya lo hacían antes o porque se han incorporado al teletrabajo, esta pobreza se explica en la primera ley de Parkinson. Fue enunciada en 1957 por Cyril Northcote Parkinson, historiador naval británico que ironizaba sobre la burocracia. Y dice: “El trabajo se expande hasta llenar el tiempo de que se dispone para su realización”.

La segunda ley de Parkinson, “Los gastos aumentan hasta cubrir todos los ingresos”, también tiene que ver con nuestra escasez de tiempo. Dado que el dinero se obtiene a cambio de horas de trabajo, vivir al límite de nuestras posibilidades implica muchas veces vivir al límite de nuestra agenda.

La tercera ley reza: “El tiempo dedicado a cualquier tema de la agenda es inversamente proporcional a su importancia”. Puede chocar de entrada, pero tiene su explicación. Tal como afirma Cristina Benito en su libro Time Mindfulness, “la falta de tiempo es en realidad una falta de prioridades que tiene su origen en la comodidad, llevando a cabo en primer lugar lo que nos resulta más sencillo”.

Esta economista señala que las tres leyes no solo se aplican al trabajo, sino que se extienden a la gestión del tiempo libre, donde tendemos a llenar cada hora disponible. En su origen estaría el llamado horror vacui, expresión latina que puede traducirse como “horror al vacío”. Y así como en determinadas épocas del arte, por ejemplo el Barroco, el artista tendía a llenar todo el espacio disponible, lo mismo hacemos hoy con nuestra agenda. Sobre los motivos que nos llevan a copar todos los vacíos temporales, Cristina Benito señala tres:

Una fijación equivocada por la productividad. Nos ocupamos todo el tiempo, partiendo de la base de que solo lo “lleno” aporta valor, como los artistas barrocos. Sin embargo, lo vacío es necesario para que puedan surgir nuevas ideas. Warren Buffett tiene como herramienta clave una libreta en blanco que enseña en las entrevistas. En sus propias palabras: “Tienes que controlar tu tiempo. Frente a las exigencias de tener reuniones y cosas así, sentarse y pensar puede ser una alta prioridad”.

La obligación autoimpuesta de complacer a los demás. Llenamos huecos de nuestra agenda con peticiones ajenas: acudir a una reunión, a una fiesta, a un compromiso determinado. Muchas veces no nos apetece y preferiríamos quedarnos en casa leyendo un buen libro o dar un paseo. Cumplimos por miedo a perder la consideración de los demás, y ese miedo lo pagamos con tiempo: la única divisa que no podemos reponer.

El miedo al encuentro con uno mismo. Trabajar y atender compromisos llenan toda la agenda y nuestro espacio mental, lo cual nos impide pensar. Esto nos libera de hacernos preguntas incómodas que se pueden resumir en una: ¿es esta la vida que quiero llevar? Cargarnos de ocupaciones y de ruido mental —por ejemplo, a través de las redes sociales— nos permite esquivar este desafío. Sin embargo, tal como advertía Pablo Neruda: “Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa, solo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”.

Estar ocupados es el remedio perfecto para no pensar, instalados en el mantra del “no tengo tiempo”. El otro es vivir a toda velocidad. Cuando cabalgamos en la urgencia, el mundo se convierte en algo borroso, como lo que vemos a través de la ventanilla del AVE al pasar por una ciudad. En medio de esa carrera, además, desin­tegramos el tiempo tratando de responder al instante a cada estímulo de nuestro smartphone. Para salir de esa trampa, la escritora Diane Dreher recomienda aplicar el ma-ai, término japonés de las artes marciales que se traduce como “intervalo” y que ella considera el espacio de reacción donde reside la libertad: “No respondas de inmediato a todas las ofertas o invitaciones. Tómate tu ma-ai, tómate tiempo para pensar”.

DE "EL PAÍS SEMANAL" 23 AGOSTO 2020